Morrigan's Mental Asylum
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Keira A. Baüer

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Keira A. Baüer

Mensaje por Keira A. Baüer el Miér Mar 27, 2013 7:37 am



Keira Baüer




││Adicciones ││ 20 años ││ Ninfomanía. Drogadicción.││ Inglesa



Básicos

  • Nombre Completo: Keira Anya Baüer.
  • Apodos: Kei.
  • Edad: 20 añs.
  • Lugar y Fecha de Nacimiento: Oxford, Inglaterra. 12 enero 1993.
  • Orientación Sexual: Bisexual.
  • Enfermedad: Ninfomanía. Drogadicción.




Personalidad


Su historia la define.

Puede ser como ella quiere, su vida le hizo darse cuenta que las personas son maleables y dominarlas es fácil. Solo debes conocerlas y saber cuáles son sus puntos débiles. Su poder estaba en la información. Como cuando a solas, su madre le decía con tono irónico y peyorativo que ella era adoptada, y que su madre nunca la había amado. Pero Keira nunca derramó una sola lagrima ya que hacía un año lo sabía. No podía negar que cuando se enteró lloró en su cuarto por horas y mordió su pequeña mano hasta sangrar.

Ella no era débil, no lo fue nunca teniendo padres a los que llevaba y traía a su gusto. La relación que llevaba con sus padres era para ella una práctica para lo que sería el mundo después.

La gente era fácil, predecible, idiota. No le hacía falta ni dos horas para ver que la gente que la rodeaba desde que nació no tenía ni dos dedos de profundidad mental. En cambio, sus bolsillos si lo eran.

No iba a ser hipócrita (no lo era), no podía decir que no le gustaba. Admitía que a veces ese mundo banal y sin sentido le gustaba demasiado. El dinero hacia maravillas. Nunca esperaría un comentario muy filosófico o elevado de parte de sus amigas quienes discutían si el color de la temporada iba o no con sus ojos. Pero siempre supo que rodearse de idiotas solo acrecentaba y hacía notar su inteligencia. De todas formas no había mucho para elegir.

Pero el mundo banal la aburrió, era genial ir al spa y hablar de idioteces por horas. Pero uno, quizás dos días. Por eso cuando dejó a sus amigos de lado para entrar en otro mundo, se sintió mas feliz, mas a gusto. En ese mundo quizás seguían siendo idiotas y no debía haber mucha profundidad, pero estaba la droga y el alcohol, y eso… sobrepasaba cualquier tipo de queja de su parte.

Años viviendo en ese medio, la hicieron, más controladora y mentirosa. Seguía habitando el techo de sus padres por lo que al principio tenía que poner excusas a cada llegada tarde u otras cosas.

Pero ahí estaba la ventaja de Kei.

No era buena.

Su cara de nena de papá, de hija modelo, la habían ayudado a que nadie sospeche nada de ella. Hablarle a todo adulto respetable con voz suave y amable, contarles sobre las clases de piano y su participación en el grupo de animadoras del colegio, siempre sumaba puntos.

Su padre la adoraba, era la luz de sus ojos. Y o era por ser su única hija, y la hija de la única mujer que amo. No. Era porque siempre quiso que sus hijos fueran como ella. Keira sobrepaso todas sus expectativas.

Su madre adoptiva, solo sabía que Keira era una pequeña zorra.

Y lo era.

En cuatro años de mentiras nadie sospechó nada de ella, pero la droga y el alcohol habían pasado el límite de “solo viernes y sábados, en las fiestas” y se encontró a si misma drogándose en el medio del salón de su casa a las diez y media de la mañana. No podía esconderlo mas. Pero no era un problema, no le importaba toda su vida de control la había tirado por la borda: el sexo y la droga la dominaban, la controlaban. Ella no llegó a conocerlos lo suficiente, a tener la cantidad de información necesaria… no era más inteligente que su adicción.

Pero cuidado, sigue siendo más inteligente que tú.




Datos físicos

1.73. Keira era una de las chicas más altas de su división, la más atlética y estilizada. No fue raro que fuera la líder de las porristas. Se le daban bien los deportes y era otra cosa por la cual podía presumir.

Sus pies y manos pequeños la hacían parecer vulnerable e inocente, sobre todo cuando sus manos acariciaban el rostro de alguien a quien quería consolar o hacer creer algo. En su adolescencia, sus uñas iban siempre de colores estridentes, pero luego cambió por un sobrio rojo sangre. Ya en el hospital, agradecía que cada tanto alguna enfermera le pintara las uñas con brillo.

Sus cabellos los llevó de diferentes formas. Morena, rubia, pelirroja. Probó todo. Liso, rulos, ondas. No se cansaba de re-inventarse. Pero en el presente, lo tiene marrón (su color natural) y liso. Llega hasta por debajo de sus senos y se mueven graciosamente a cada paso que da.

Su rostro, ovalado y pequeño. Sus ojos, brillantes y marrones, con una mirada que… ¿una mirada? Miles… dependiendo a quien le habla, porque o que quiere.

De orejas pequeñas, siempre adornadas con aretes, ahora vacías y tapadas por su cabello.

Su nariz algo respingona, que arruga siempre que siente un mal olor o que algo no le gusta.

Sus labios, rojos y carnosos. Pequeños también, pero nunca le impidieron hacer lo que una buena mujer tiene que hacer de rodillas. Cuando sonríe, sus dientes perfectamente blancos y alineados salen a la vista, iluminando su rostro. Sonrisas amables, compradoras, irónicas.

Su cuello pálido y fino, está adornado por algunos lunares y porque no, la marca de algunos amantes impacientes y excitados.

Sus senos redondos y firmes, eran sus grandes amigos que, como a todos, sabía manipular en los momentos adecuados. Nada mejor que enseñar el inicio de sus senos para tener a un hombre (o mujer) a sus pies. Eso acompañado con una disimulada mordida en los labios.

Su cintura, fina y definida.

Sus caderas, no eran enormes, pero si firmes. Nunca tuvo a nadie disgustado con ellas. Las solía vender usando short muy cortos. No le importaba que los hombres la sigan con la mirada, amaba eso.

Aquí la tienen.




Historia


“Se nota que no te tuve en mi vientre, todavía puedo oler el sexo de puta que tienes de tu madre”.


Keira Anya Baüer, nacida de una prostituta a la que su padre tomó cariño y acompaño durante todo su embarazo, en uno de sus largos « viajes de negocios », dejando a su esposa en centros de belleza.

Lo que el señor Baüer no sabía es que cuando la bebé a quien dio su apellido salió del vientre de la puta, ésta prefirió seguir vendiendo su cuerpo a cambiar pañales de alguien a quien nunca quiso. Baüer nunca lo admitiría, pero amaba a esa mujer que lo último que le dijo fue « No le digas quien soy, no quiero que ella se avergüence más de lo que yo me avergüenzo de ella ». Cerró la puerta detrás de ella dejándole en brazos el regalo de brillantes ojos marrones.

La real señora Baüer amaba mucho el estilo de vida que su marido le daba; las tardes de té, las falsas cenas de beneficencia -que le daban la excusa de usar sus mejores y más caros vestidos-, una casa lujosa de la que presumir, un auto y una vida exitosa y perfecta. ¡Y todo eso sin tener que ver a su esposo! ¿Qué más podía pedir? Por lo que cuando vio a la pequeña Keira sobresalir de los brazos de su esposo, fingió decepción e hizo una escena de llanto, hasta ver el lado positivo del asunto: no tendría que darle hijos, y una hija adoptada le quitaría el lado frívolo que su imagen tan perfecta podría provocar.

“¡Papá, papá! ¡Quiero esa muñeca! ¡Y la quiero ahora! ¡Ya!”


La voy de Keira se agudizaba cuando le pedía cosas a sus padres, se volvía chillona e increíblemente insoportable. Pero su padre lo veía tierno, y su madre fingía querer complacer cada uno de los deseos, luego de ver que su tarjeta tenía más fondos a cada vez que se comportaba bien con ella.

Keira a sus tres años ya manipulaba a sus padres con unas lágrimas de cocodrilo, una sonrisa de lado o gritos irritantes. A los cinco ya tenía dominado ese arte y a los siete sus padres ya no tenían ningún control sobre ella. Su padre viajaba, su madre preparaba cenas y hablaba con sus amigas, y ella vivía en su mundo en el que, obviamente, ella reinaba.

“¡Aquí está mi princesa!”
“No soy una princesa, soy la reina.”


Su padre reía cada vez que ella decía algo parecido, pero ella fruncía su ceño y cruzaba los finos brazos sobre su pecho dando a entender su inconformidad.

“Tú eres la princesa, tu madre es la reina.”
“Ella no es mi madre”


La Señora Baüer hacia un escándalo para que su esposo la consolase y la desmintiese cuando ella sollozaba “me odia, soy una mala madre”. A lo que Keira rodaba los ojos y volvía a gritar que ni siquiera era su madre.

Eso pasaba a sus nueve años, su período había llegado y nadie lo supo hasta dos años después cuando una mucama cambiaba sus sábanas y vio dos pequeñas gotitas rojas manchándolas.

Tenía una buena vida social, en su colegio todos la conocían, desde los más pequeños hasta los de últimos años de la secundaria. Tenía su propio grupo cerrado, con otras dos amigas, que ella consideraba “inútiles pero necesarias”. Era mejor rodearse de gente idiota y no de inteligentes.

Y esa fue su vida hasta sus quince años. Dominaba su casa, a sus padres, en el colegio, a sus amigos. Dominaba su puta vida.

“¿Es que acaso tienes miedo?”
“Claro que no”.
“¡Ah! La nena de papi tiene miedo”.
“¡No lo tengo, idiota! Pínchame de una vez”.

La noche que el agua cruzó su piel por primera vez, también fue la primera vez que despertó con un hombre desnudo a su lado y con el cuerpo delatando su falta de virginidad. No podía decir que se acordaba, porque no lo hacía. Tampoco que vio los hermosos ojos de su primer amor cuando lo sintió hundirse con suavidad en zonas inexploradas de su cuerpo… Ah… No. Ni siquiera recordaba su nombre.

Dejó de lado a sus amigas idiotas al ver que no podían “seguirle el ritmo”.

Las fiestas los viernes y sábados iban cada vez más lejos. La droga era fácil de conseguir, de la buena. El alcohol era moneda corriente y el sexo grupal era la forma de terminar todas las fiestas. Los domingos dormía todo el día, su cuerpo cansado, el vientre hecho un nudo, las ganas de vomitar y el sexo irritado era algo a lo que empezaba a acostumbrarse.

A los diecisiete años, llegó a su casa con los senos al aire gritando a los cuatro vientos que había follado con tres hombres y que había comprado heroína chupándosela a la vendedora.

Tuvo algo de suerte siendo que solo su madre la había visto y la silenció al día siguiente con las simples palabras de: “No querrás que le pida a papá un hermanito”, sonrió de lado y se fue a su habitación en la cual la esperaban sus nuevas dos amigas desnudas sobre la cama.

“No podemos dejar que esto siga”.
“Keira es la mejor niña del mundo. No puedes acusarla de estas cosas”.

Pero Kei ya no podía parar. A los diecinueve años, sin saber qué hacer con su vida, el sexo y la droga seguía siendo su proyecto a futuro. Había comenzado a vender hacía unos meses, y compartía la cama con el jefe en la jerarquía de la compra-venta entre sus amigos.

Su padre se iba por meses de su casa y a ella no le importaba andar desnuda por ahí, follar sobre la superficie plana más a la vista o pincharse delante del servicio.

El día que su padre contactó a los médicos fue el mismo día que llego antes de su viaje y vió a su hija con cinco personas más, desnudas en la piscina, con botellas alrededor.

“Vamos, Kei, trae más”.

Keira se da vuelta para salir del agua y fue cuando vio a su padre con la boca abierta y su maleta en el suelo.
El señor Baüer amenazó con llamar a la policía, y todos salieron corriendo de su casa. Entró a la habitación de su hija sin autorización (que tenía que pedir desde que su hija tenía cinco años) y encontró más sustancias ilegales de las que se animaba a aceptar.

Ingresó al hospital una semana más tarde.

“Esto es lo mejor para ti”.
“Nunca supiste lo que era mejor para mí, papá”.

Hace un año que pasea por los pasillos, no podía decir que no había probado la droga o el sexo desde que entró, ya que sus amigos se las ingeniaban para pasarle pequeñas dosis. Dosis que aprendió a repartir para hacerse un lugar entre los pacientes y tener algo de poder allí también.
Ella dominaba siempre.




Familiares Importantes


Pierre Baüer: Su padre sobreprotector. La amó desde que su madre biológica le dio la noticia. Es la luz de sus ojos. Y aunque por sus viajes no están mucho tiempo juntos, Kei es lo mejor que tiene. Keira lo ama y sabe que es lo único bueno que tiene, aunque no lo acepte, le dolió desilucionarlo en la forma en que lo hizo.

Amanda Baüer: Esposa de su padre. La aaceptó solo para mantener el estilo de vida que llevaba y no tener que darle un hijo a su esposo. Se odian mutuamente y Keira intenta hacerle la vida imposible, sobre todo porque sabe que no es buena para su padre.




Pertenencias


• Tiene cartas de su padre que las lee todas las noches.

• Su propia ficha médica. “Información es poder”.

• Las dosis que sus amigos le hacen llegar, están en una bolsita dentro de uno de los bolsillos de su bata.




Otros datos

• Aunque uno de sus problemas sea la ninfomanía, no deja de acostarse cuando llega la posibilidad.

• Los pacientes y muchas veces el personal es con quien lo hace. Eso de esperar a los médicos desnuda en su cama solía servir.

• Se hace notar y los otros saben quién es.

• Ya conoce a todo el personal.



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Keira A. Baüer

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Re: Keira A. Baüer

Mensaje por Morrigan's Asylum el Miér Mar 27, 2013 1:50 pm


Ya puedes pasar a hacer tus registros.

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